15.10.07

Carta de Unión Ibirapitá



Compañeros del FONDO RAÚL SENDIC

Fraternalmente


Cuando nos juntamos en el 98, surgimos con el propósito de enfrentar la pobreza en forma colectiva. Siempre nos sentimos obligados a trabajar en lo productivo, pero también en lo social. Nos da tanta alegría cumplir con una meta productiva como crecer en los talleres para jóvenes, ver que llegan las maestras o revolver la leche del merendero.

Eso nos hizo fuertes y nos obligó a separar definitivamente la vista de nuestros ombligos. Los renuevos jóvenes que hoy se bancan la paliza de mantener funcionando las tareas, son los mismos gurises que hace unos años venían al merendero y la biblioteca. Son de fierro, no hay con qué darles.

Otros compañeros, también de fierro, nos ayudaron a mantener el rancho en pie. Algunos incluso desde fuera del país. Podrían haberse desenchufado de una realidad que ya no los acorrala más. Hubiera sido justificable o humanamente comprensible. Pero no: No quisieron olvidarse y siguen ofrendando parte de lo que son para que esto cambie.

Dentro de fronteras, solidaridad a granel. Existe. Está instalada hasta donde nunca la buscaríamos.

Acá, la tercera parte de los uruguayos es pobre. El gobierno nacional no es culpable de esta calamidad que vimos larvar durante décadas, pero sí es responsable de definir las políticas capaces de revertir este proceso. Sin embargo los cambios son cambios únicamente cuando se procesan desde arriba y desde abajo. Estamos por lo tanto obligados a construir desde la pobreza, y a consolidar logros en este pedazo grande del país real. La mano es brava, bravísima, pero claudicar no está permitido, hay demasiada gente que ha invertido la vida antes que nosotros como para que nos demos el lujo de aflojar. Escondernos atrás de consignas de afrentosa ingenuidad como "hay que emparejar para arriba" sería peor que aflojar, porque amparados en esa consigna están muchos de los que decidieron salvarse solos.

Cuando vemos que se apela a estas frivolidades para intentar legitimar algún recoveco de privilegio (grande o minúsculo) nos sentimos medio zapallos. ¿Valdrá la pena compartir esta miseria?

El territorio más problemático, más difícil y más hostil para hacer la revolución es el bolsillo de uno mismo. Para el que lucha abajo no hay mejor temple para su compromiso, que el testimonio de desinterés y coherencia de los que no sucumbieron a la tierna seducción del salvataje personal. En el fondo del tarro quedan orejones con coraje, pero quieren mirar para arriba y ver dignidad.

Quedará en la memoria colectiva que una vez unos locos y unas locas que llegaron a ocupar una cantidad de asientos prominentes de la política nacional, renunciaron a las mieles de la recompensa, abjurando de esa forma del más doloroso privilegio que visualiza el pueblo. Se comentará durante décadas que estos tipos no se enamoraron de las vituallas que reporta la escaramuza electoral y recordaron siempre al pueblo. Que sacaron del abultado salario que el pueblo les paga lo que necesitaban para vivir y pusieron el resto al servicio de los más sumergidos que querían laburar. No lo hacen todos los que deberían hacerlo, pero este puñado resume una diferencia de orden cualitativo en la política que no debemos analizar acá. Pero sí testimoniar.No somos los únicos zapallos.

Finalmente, queridos zapallos del FRS - descreídos también del sagrado precepto de la monetización de los talentos - les ha tocado repartir esas semillas. ¡Menuda responsabilidad! La simiente crece y se perpetúa con la siembra, pero tiene que encontrar tierra fértil y luchar contra los agentes naturales. Un día uno de estos bochos que escribe sobre economía, dijo que los bancos del mundo harían un excelente negocio si adjudicaran miles de pequeños préstamos a las artesanas pobres de la India, porque esta gente era la que daba más puntual cumplimiento al pago de sus obligaciones. ¿Será que los pobres del mundo se parecen? ¡Qué fácil sería su trabajo compañeros, si sólo tuvieran que administrar moneda! Tan fácil que cualquier rejuntador de papelitos de cursos realizados y conferencias escuchadas podría hacerlo. Pero Ustedes administran esfuerzo humano donde se ofrenda la vida. Cada familia que reciba apoyo del Fondo, tendrá que honrar a su modo ese pedacito de sacrificio colectivo. Al último orejón del tarro le pasa que cuando alguien cree en él, él también aprende a creer en sí mismo.

En el mundo pobre solidaridad no tiene olor a imprenta ni a pintura, es un concepto con el que se trajina y que ayuda a sobrevivir. Es una herramienta de la que se habla poco y se aplica todos los días.

Arriba compañeros!!

La Unión Ibirapitá

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